De nuevo tengo un día de esos de “quiero”, y en mi humilde ambición, quisiera volver a ser niña otra vez.
Quiero volver a pedir un vaso de agua a mi madre cada noche y no beber de él ni media gota, y no por hacer la puñeta aunque ella así lo experimentase, sino por el afán de ver su cara una vez más en el día (claro que a esas horas una arruga incómoda decoraba su entrecejo que yo pensaba entonces que era por encender la luz de mi cuarto de repente y…no, no era por eso).
Quiero volver a eternizar la hora de la comida hasta quedarme en la cocina mis bolas de carne en sendas mejillas y yo, y llevar a cabo mi plan perfectamente urdido de cortar el filete de hígado en trocitos diminutos y lanzarlos con prematura habilidad detrás de la lavadora hasta su completa desintegración, jo! que mezcla de adrenalina y terror a ser cogida in fraganti. Salvo que se le diese a mi madre por hacer limpieza general demasiado pronto, el plan para comidas no aptas para niños era perfecto (entiéndase hígado, chicha en general, espinacas y en mi caso, bocadillo de mortadela).
Quiero volver a andar a hurtadillas por el pasillo la noche de reyes para asegurarme de que mis juguetes son depositados donde deben y una vez comprobado, dormir a pierna suelta sin ser víctima de la ansiedad.
Quiero jugar con mi hermano de nuevo a ese juego de:
-Tonta
-No, tonto tú
-Tú lo eres más y además…
-Pues entonces tú…
(pellizco suave)
-¡Mamaaaaaa!
Y que el recurso más a mano de mis padres para quitarnos de encima sea ponernos mirando contra la pared…¡pero uno al lado del otro! para seguir con la gresca. Y sin embargo el asunto, no sé si mis padres ya lo tenían estudiado de antemano o era una variante arbitral que surgía siempre en nuestro caso, siempre terminaba a risas entre ambos. No sé si adjudicarlo al gotelé de la pared o a las manchas del techo y sus formas sugerentes.
Quiero también que mi madre meta sus manitas frías entre las mangas de aquel chaquetón con el que jugaba a ser robot (¿o es que realmente no me podía ni mover?) y me entresaque las mangas subidas de la camiseta interior, la camisa, el jersey de punto y el mandilón del cole.
Quiero calzar catiuscas cuando todavía no eran artículo de moda sino de utilidad, y chapotear en los charcos. No es que no pueda hacerlo ahora, pero creo que no es de recibo llegada a cierta altura salpicar a propósito al que acompaña tu paso, más rápido o más despacio pero a la par de tus pies y del charco.
Quiero que los sábados vuelvan a ser el día más esperado de la semana. Esperar con impaciencia a que mi padre compruebe como cada sábado el nivel de aceite del coche (esa varita larga que hasta hace poco no sabía que era) y arrancar a hacer vida de sábado. Esto es, ir al Continente a que mis padres hagan la compra durante mucho tiempo y mi hermano y yo esperar en el coche hasta el más infinito de los aburrimientos. ¿Dónde reside entonces lo especial?, que ese día no se cocina y se come rico: pollo asado de Don Pollo, patatas fritas de Matutano y ¡Tang!, y de postre igual un chamburcy de chocolate.
Quiero jugar a la Mariola en la enorme alfombra del salón y patinar por el pasillo. Disfrazarme con las telas de mi abuela modista y ser monstruo o princesa según lo que mi imaginación ordenase; calzarme los tacones de mi madre, robarle las hombreras, ponérmelas de tetas y pintarme a escondidas (creando un monstruo real creedme).
Quiero tener un nudo en el estómago todo lo que dura el domingo por no tener los deberes hechos.
Quiero pelearme y correr detrás de ese niño que me levanta las faldas en cada recreo en vez de jugar al fútbol. Me pone de los nervios y, sin embargo, no dejo de mirarle en clase.
Quiero llevar un pañuelo de tela engurruñado en la manga y un papel pegajoso de chicle Cheiw en el bolsillo. Quiero ser adicta a los Sugus, llevar un calcetín siempre caído, tener los zapatos siempre llenos de barro por andar buscando bichos bola en el parque. Quiero andar colgada de la barra de los columpios sin columpio y ponerme boca abajo (sin miedo a mostrar mis vergüenzas) en los semicírculos de hierro oxidado sobre arena dura de los antiguos parques.
Quiero que me pongan una loncha de jamón cocido en los chichones (o una chuleta si es muy grande el incidente: una frente a caballito de un padre que va derechito hacia una esquina prominente sin querer y esas cosas) y poder comérmela después, una vez reestablecida la calma (la loncha no la chuleta).
Y de tanto querer me quedo sin ideas, pero sí, quiero ser niña otra vez y quizá jugar más de lo que jugué, leer más de lo que leí (La isla del Tesoro y Movy Dick y libros que entonces si no tenían dibujos pues nanay), comer más de lo que comí (¿a que niño no le gustan las tartas? ¿cómo fue posible que naciese con el gen antitartas?) y ya no soñar más de lo que soñé…porque de eso fui y voy sobrada.
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Robert Doisneau

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Niños jugando a fusilamientos. Agustí Centelles (1937)

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